La balada de Molly Sinclair

Juan Vico

 

Gótico tardío

Te fascina
esa manera suya de tontear con todo el mundo
aparentando al mismo tiempo no darse cuenta
de estar haciéndolo.
Durante un par de horas te dejas absorber
por su estudiada naturalidad,
sentada en el filo de la silla,
recostada sobre la mesa,
junto a la ventana como una de las perturbadoras
niñas de Balthus;
o acercándose con timidez a la barra,
jugueteando con una botella,
dejando que la espuma de su cerveza
le decore traviesamente los labios.

Habláis un rato:
libros, ciudades,
nombres de alcoholes raros y de autores oscuros.
Ella tira de catálogo,
la guía telefónica del malditismo,
Lautréamont, Panero y todo eso.
Tú mencionas a François Villon
y le susurras al oído cualquier verso:
vieil je serai, vous laide et sans couleur…

Su habitación huele a incienso barato.
El tatuaje se desplaza
desde el final de la espalda, donde lo imaginaste,
hasta el ombligo,
la tarántula convertida en cuatro símbolos flamígeros.
A media luz, cubierta la lámpara con una tela,
entre posters de Joy Division y pelos de gato gris,
sus ojos demasiado pintados,
sus manos habilidosas, el arco insolente
de su cuerpo,
te clavan como a un insecto expresionista
sobre las sombras agitadas de la pared.

Sonríe y se lía un porro,
bebéis a morro tres o cuatro
latas. Después
pone en un su Mac una película coreana
en la que apalean a un tipo desnudo
con un gran bate de cricket.
Ella se tapa con el edredón hasta la barbilla,
dejando al descubierto los pies,
y tú te miras dócilmente el sexo fláccido
pensando en el fin de todos los tiempos.