La balada de Molly Sinclair

Juan Vico

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Viaggio in Italia

Parado en el arcén, un pastor
sostiene la cría muerta de una oveja,
el cuerpo suspendido, boca abajo, ofrendado
a la visión fugaz de los veraneantes.
Pienso en algunos cuadros de Bacon
y en la campesina de Julio González
cuando reconstruyo la expresión desesperada de la madre,
el hocico hacia arriba, olfateando
el fardo medio despellejado,
la boca abierta, el alarido mudo,
la mirada abrasada por la incomprensión.
El pastor era poco más que un niño.
También nosotros, por un instante.

Observo burbujear el agua de mi vaso
horas más tarde, sentado en una terraza
junto al mar. Pronto
aparecerá el Stromboli sobre la línea del horizonte,
nos explican. No es, sin embargo, su silueta imponente
modelando la bruma lo que me lleva
a proyectar la mirada con exagerado interés,
sino el recuerdo fantasmagórico de Ingrid Bergman
escapando de su destino entre las fumarolas.

Durante el trayecto de vuelta, las nubes
reniegan de Magritte,
Battiato cita a Adorno y a Sorrenti,
y yo busco en vano nuevas explicaciones
sobre el descarnado borde de la carretera.
Al fondo el rojo se confunde con el verde,
como en un Cézanne derretido.